
Domingo 27 de agosto de 2006
Gastón Flores
La legítima ilegalidad de los okupas de República 550Del terror al arte
Hasta la llegada de los jóvenes artistas, esta casona sólo acumulaba basura. Y no precisamente la dejada por los agentes de la siniestra CNI, que la utilizaron como otro centro de tortura. Desde hace un año, el Serviu pareciera estar obsesionado con poner fin a este incómodo orden de espontaneidad.
Nación Domingo
Por Andrés Pérez González
Para los integrantes del Centro de Investigación Escénika AKI, quienes desde junio del 2005 ocupan de facto la antigua casona de República 550 en Santiago, las iniciales de la tristemente célebre Central Nacional de Informaciones (CNI) pasaron a significar un subversivo “Construimos Nuestra Identidad”.
Y es que también en ese palacete, ocupado en su momento por la alta burguesía que después emigró al barrio alto, los agentes de la represión política durante el régimen de Pinochet desplegaron con fiereza toda su maquinaria de terror. Algunos de los detenidos que ahora se han acercado a la casa cuentan que llegan tiritando, pero “al entrar y ver la nueva cara que le están dando se me alivia el mal recuerdo”, dice un ex prisionero.
La piscina interior, aún convertida en un basural, es el último vestigio de cómo encontraron la casona el invierno pasado. “Se habían robado todas las cañerías, los cables... El baño estaba lleno de mierda; el piso, negro asqueroso. Tuvimos que colocar ventanas y puertas, no había luz, agua ni nada. Sólo desolación y destrucción”, dice Lobsang, vocero de la casa ocupada que reserva su apellido.
HORIZONTALISMO
La casa se mantiene limpia por una “espontaneidad horizontal”, comenta Lobsang, quien imparte un taller de danza butoh. “No hay que andar ‘paqueando’ a nadie; el que llega y ve sucio, limpia. Esta es la casa de todos, y cada uno limpia su casa”.
Mientras llegan los asistentes a alguno de los 18 talleres gratuitos (entre ellos inglés, japonés, mapudungún, iluminación teatral, circo, yoga, pintura, cine y fotografía), Lobsang –de pelo rosado y un alfiler de gancho como aro– recibe a una niña de 12 años que se integra por primera vez y que su madre pasará a recoger más tarde.
Según sus estadísticas, entre participantes de talleres, los miembros de doce compañías de teatro, seis de danza y seis bandas musicales, son más de 500 personas, entre 12 y 70 años, las que circulan semanalmente por el lugar. El abanico es amplio: punks, universitarios, secundarios, obreros, dueñas de casa, gente del barrio y ancianos que no se pierden las clases de tango.
Lobsang dice que desde hace años les rondaba la idea de crear un centro cultural al alcance de todos. Hastiado de “huevones” de una anterior okupa en avenida España, “que sólo querían carretear y sin conciencia real de lo que es una okupación”, decidieron tomarse esta casa. En el lugar no vive nadie. El objetivo no fue buscar una solución habitacional, sino construir un espacio para plasmar sus inquietudes artísticas y sociales. De forma autogestionada y sin motivación de lucro.
“AKISMO”
Iniciado a fines de los ’60 en Inglaterra, luego en Holanda y de fuerte repercusión mediática durante los ’90 en Barcelona, el fenómeno okupa ha sido desde entonces transgresor, reivindicando la apropiación de facto de un recinto, por el hecho de darle vida, a diferencia de quien hace valer ese derecho por medio del dinero.
Al rechazar la lógica piramidal del Estado, pareciera tratarse de una iniciativa anarquista, pero ellos consideran irrelevante la terminología. “El anarquismo no es nuestro tema, no queremos ponerle nombre a lo que estamos haciendo. No es ni más ni menos que vida y arte, que nace aquí donde antes hubo oscuridad”, dice el vocero.
“Estamos cambiando la muerte por la vida, con todo. Y en todo sentido; hasta en las manifestaciones que vamos, nunca aplicamos violencia”, recalcan. “Nosotros actuamos, hacemos malabares, arte por el arte, vivir el arte constantemente, dentro y fuera de la casa; cuando llevamos el arte a las poblaciones, nunca nos abanderamos con una política partidaria”.
LEGALIDAD VS LEGITIMIDAD
Hace unos días, en las páginas de “El Mercurio” se leía que un grupo de jóvenes se acercó al Servicio de Vivienda y Urbanismo (Serviu) a solicitar permiso para realizar una actividad cultural en la casona de República 550. Desde ese momento, según esa versión, no han abandonado el espacio en el que desarrollan su Centro de Investigación Escénica (AKI). Indignado, Lobsang dice que “eso es mentira. Esto es una okupa y en una okupa nunca se pide permiso ni nada, se toma el terreno”.
A los pocos meses de iniciada la okupa, el Serviu entabló un juicio criminal por presunta usurpación. Ya que no se pudo configurar el delito, debido a que no se trata de una “toma” habitacional, en marzo pasado el 7º Juzgado de Garantías de Santiago le dio la razón a la defensa. No pasó mucho tiempo para que los abogados del Serviu volvieran a la carga.
Jaime Gallardo, asesor jurídico de los jóvenes okupas, cuenta que están a la espera del resultado de un recurso de apelación. Por lo pronto, su principal motivación es que esta iniciativa autogestionada siga existiendo.
Desde un comienzo, según Gallardo, el Serviu no mostró interés en un avenimiento. En su opinión, como trasfondo se libra una pugna entre legalidad versus legitimidad. “Si bien es cierto que los chicos están ocupando algo que es del Serviu, no es menos cierto que lo que están haciendo es legítimo y válido. ¿Por qué el Estado no se preocupa de estas inquietudes?”, pregunta el profesional.
El portavoz de los okupas insiste en que lo de ellos va por un carril al del Estado: “Queremos que nos cedan este espacio para trabajar, y no otro, para reivindicar y limpiar lo que pasó en esta casa. Si la derrumban para construir estacionamientos, supermercados o edificios, se pierde la historia que este lugar encierra”.
Estos okupas no han perdido el tiempo y desde el primer día levantaron toda una estrategia comunicacional que incluye comunicados públicos y performances. Hace unas semanas entraron al Patio de los Naranjos, en La Moneda, y se sacaron sus chaquetas para dejar ver las consignas estampadas en las poleras: “No al desalojo”. No hubo gritos ni forcejeos. Aprovecharon, sí, de representar teatralmente su situación. Para la inauguración del Museo de Solidaridad Salvador Allende, a pocos pasos de su casona, volvieron a exigir que se respetaran los que consideran sus legítimos derechos.
Pero también han traído a colación las declaraciones de más de un ministro. “Los jóvenes deben luchar por construir propuestas y no para que se las construyan. Esto en el marco de un país democrático, donde todos pueden ocupar un espacio”, recogen de la ministra de Cultura, Paulina Urrutia. O los dichos de Clarisa Hardy, ministra de Mideplan (7 de abril en La Nación): “La ‘necesidad cultural’ es un importante instrumento de superación de la pobreza. Es preciso dar espacios de recreación y esparcimiento, tanto para la juventud como para la gente mayor, y que también tengan un libre acceso a museos y bibliotecas para poder enriquecer y ayudar a la educación”.
En República 550 también tienen biblioteca. Y ni siquiera exigen credencial, cualquier ciudadano puede dar su nombre, un teléfono de contacto, comprometerse a una fecha de devolución, y llevarse el ejemplar de su interés. También cuentan con laboratorio fotográfico, taller de vestuario y de máscaras teatrales, sala de cine, de ensayo y un extenso etcétera. Además, todos los viernes, a las 21 horas, hay alguna función con un costo de 300 ó 500 pesos.
Dicen que frente a un desalojo –como ocurrió hace unos años en la ya épica La Marraqueta, ubicada en Vicuña Mackenna con Camino Agrícola, en Macul–, ellos defenderán su espacio con lo que saben hacer. Y no es otra cosa que arte. No dudan que ante esa eventualidad convertirán a la okupa AKI en todo un símbolo, movilizando a cientos de simpatizantes. Considerando que en un año levantaron del abandono ese inmenso palacete, es difícil dudar de sus palabras. LND